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Blog · contado por un padre

Juegos para niños con mutismo selectivo: los que jugamos en casa

Juan Carlos Pell · padre, no sanitario

Estos son los juegos que usamos con nuestro hijo Gael, o que después compartimos con otras familias, y que nos ayudaron con el mutismo selectivo. Ninguno le pide al niño que hable: unos le bajan la alarma, otros le hacen reírse del miedo, otros lo meten en un grupo sin necesidad de palabras y otros le sueltan el cuerpo. La voz, cuando llega, llega después.

Soy el padre de Gael, no un profesional sanitario. Esto es lo que hicimos en casa, no una pauta clínica: si tu hijo está con un especialista, enséñaselo antes de probar nada.

Cómo proponer cualquiera de estos juegos

Antes de la lista, una cosa que cambia el resultado de todos. No es lo mismo decirle a tu hijo «ahora toca hacer los ejercicios» que «¿jugamos a una cosa?». Es la misma actividad, pero la primera le suena a deber y la segunda a un rato bueno contigo. Un niño con la alarma alta, ante una obligación más, se cierra; ante un juego, se abre.

Y el orden casi siempre es el mismo: el juego primero, el cuerpo suelto después, la voz al final. No busques la palabra en el juego. Busca el juego, y deja que lo demás venga.

1. El peluche que sube y baja

Para qué: para aprender a respirar despacio, con la tripa, y tener a mano una forma de calmarse.

Túmbalo en la cama y ponle un peluche encima de la barriga. El juego es hacer subir y bajar al muñeco solo con la tripa, sin usar las manos. Sin saberlo, está haciendo la respiración del vientre. Si hay dos niños, a competición: a ver quién lo sube más alto. Otras versiones: soplar despacio un molinillo para que gire suave, un globo, o una vela que no se debe apagar del todo. Con los más pequeños ayuda cantarlo: «arriba, inspira; abajo, respira».

Con Gael lo ensayamos muchas veces entre risas y peluches, y un día lo vi pararse delante de algo que le daba miedo, tomar aire él solo y dar el paso.

2. El disfraz ridículo del miedo

Para qué: para que el miedo deje de ser un monstruo.

Pregúntale qué forma tiene eso que le da miedo: si es grande, de qué color, si tiene pelo. En cuanto tiene forma, se le puede hacer algo. Y empiezas a disfrazarlo: ahora imagínatelo con nariz de payaso; ahora con patines, resbalándose; ahora hablando con voz de pito, como si hubiera tragado helio. Sigues hasta que se ríe.

El miedo y la risa no caben a la vez en el cuerpo. Y lo que se lleva tu hijo, repetido muchas veces, es que el miedo se puede mirar y cambiar de forma.

3. La palabra bajo el agua (y los muñecos del fondo)

Para qué: para vencer un miedo pequeño jugando, con un premio al final.

A Gael no le gustaba meter la cabeza debajo del agua, y su mamá se pasó horas buscando formas de enseñarle jugando. En la piscina le decíamos «ahora vamos a jugar»: cada uno metía la cabeza y decía una palabra bajo el agua, y quien adivinara tres palabras de los demás se ganaba un helado. Cuando eso ya estaba superado, al día siguiente tiramos unos muñecos pesados al fondo: ganaba quien sacara más, y el premio era ir a las máquinas recreativas. Lo cuento entero en el paso 4 de «El método en casa».

4. Dígalo con mímica

Para qué: para estar dentro de un grupo sin que nadie espere una palabra.

Es ideal porque aquí el que habla pierde, así que el niño que no habla juega en igualdad con todos. Y pasa una cosa: tres partidas más tarde, cuando alguien acierta la mímica que él está haciendo, se ríe. Esa risa, en un niño que no habla fuera de casa, es un sonido que sale de su garganta delante de gente.

Sirve también para acercarlo a una persona concreta con la que se bloquea: que alguien con quien sí habla la vaya metiendo en el juego, unas cuantas tardes. Esa persona deja de ser solo la que le cierra la garganta y pasa a ser también la que perdió a la mímica.

5. La torre, el tesoro y los juegos de equipo

Para qué: lo mismo que la mímica, con más movimiento.

Una torre que hay que construir entre varios sin que se caiga. Una búsqueda del tesoro por la casa con pistas escritas, que se resuelve en grupo y a la carrera, y en la que él sea el héroe. Los juegos de tirarse y sostenerse entre varios, que piden tocarse y confiar sin decir nada. En un cumpleaños, si no hay nada que se juegue en grupo, propónlo tú: un padre que saca un juego en una fiesta les cae bien a todos, y nadie sospecha que lo ha hecho por su hijo.

Estos juegos los compartimos mucho con las familias de La Escuelita. Funcionan por lo mismo que vimos con Gael: la primera vez que se soltó de verdad fuera de casa fue en un parque, jugando a la pelota con un amigo, en un rato en el que nadie le pidió que dijera nada.

6. Llamar desde debajo de una manta

Para qué: para cuando llega el momento de las llamadas y cuesta.

Que haga la llamada con un disfraz puesto, con una máscara o desde debajo de una manta. O con el altavoz y tú al lado, mirando a otra parte a propósito. Parecen chiquilladas y son de lo más serio, porque le quitan a la escena una parte de él: un niño que llama a su tía desde debajo de una manta no es él delante de su tía, es un bulto que juega a llamar. Con el tiempo la manta sobra y se cae sola.

7. El teatro al revés

Para qué: para que entienda, desde fuera, lo que le pasa por dentro.

Yo me ponía en su papel, con las posturas que tenía en el aula, y él hacía de espectador. Le preguntaba qué creía que me pasaba, qué veía en mí. Y Gael empezó a decir cosas: «Tenés miedo», «te duele la panza». Lo cuento en el paso 5, junto con otros juegos de expresión corporal.

8. Bailar (primero solo)

Para qué: para soltar un cuerpo que vive rígido.

Al principio Gael no quería bailar. Después empezó, pero con una condición: «Yo bailo, pero solo, no me pueden mirar». Más adelante podía mirarlo uno de nosotros. Hoy le encanta el breaking y hace batallas de baile con nosotros. Fuimos al ritmo de su regla: quién miraba lo decidía él.

9. El show de magia en vídeo

Para qué: para ensayar la voz delante de una cámara, sin nadie delante.

Gael grababa vídeos para los suyos contando cosas de sus videojuegos y enseñando trucos de magia, con una soltura que a quien lo hubiera visto callado en el patio le habría parecido otro niño. Para él era jugar. Lo que le costaba no era la cámara, sino quién iba a ver el vídeo. Así que el juego empieza mandándoselo a quien ya habla con él, y el destinatario es lo que se va subiendo, poco a poco.

Y después del juego

Ninguno de estos juegos cambió a Gael de un día para otro, y no te prometo que vaya a cambiar al tuyo. Lo que hicieron fue darle ratos en los que era él del todo, y con el tiempo esos ratos fueron creciendo. Cómo se ordena todo esto en escalones, qué juego toca en cada momento y cómo se usa el personaje que lo acompaña está en «El método» y en «Aplicación». Y si tienes dudas sobre si tu hijo necesita que lo vea alguien, empieza por cuándo pedir ayuda profesional.

NOTA
Esto no sustituye a una evaluación profesional. Si te preocupa tu hijo, habla con su pediatra o con un psicólogo infantil. Cuándo pedir ayuda

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