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Blog · contado por un padre

Cómo hablar con el colegio si tu hijo no habla en clase: lo que aprendimos

Juan Carlos Pell · padre, no sanitario

Al colegio le contamos qué le pasaba a nuestro hijo Gael, qué hacía su cuerpo cuando se bloqueaba y qué le ayudaba, y le pedimos por escrito pocas cosas y concretas. Aquí te cuento cómo lo hicimos, a quién se lo pedimos y qué salió mal.

Soy padre, no profesional sanitario ni educativo, y nada de esto sustituye lo que te indique el especialista que vea a tu hijo.

¿Qué le digo al colegio si mi hijo no habla en clase?

Nosotros empezamos mal, por desesperación. Veníamos de un viaje a Madrid en el que una especialista nos había propuesto una forma de trabajar dentro del colegio, con nosotros como puente entre el niño que hablaba en casa y el aula donde no le salía una palabra. Pedimos permiso para aplicarla dentro del colegio y nos lo denegaron, por privacidad, entre otros motivos. Fue un no por escrito, y me hundió durante meses. Aquel enero, además, Gael empezó a resistirse a ir al colegio, y yo escribía correos preguntando si le habían visto algún progreso, cualquiera, para tener algo que contar.

Y para ser justo: que no nos dejaran aplicar dentro el tratamiento que nos habían indicado no significa que nadie nos ayudara. Varias de sus tutoras, no todas, se implicaron mucho con Gael y nos ayudaban desde dentro en todo lo que podían.

Con el tiempo entendí que lo primero no es pedir: es mirar. El colegio era el único sitio de la vida de Gael del que yo no sabía casi nada. Así que hoy yo empezaría por averiguar unas cuantas cosas, y me las apuntaría en un cuaderno. Si se comunica con alguien, aunque no hable: Gael tenía dos amigos con los que jugaba cada día y a los que no les había dicho nunca una palabra: compañeros de juego en silencio, todavía no amigos de verdad con los que compartir el día a día. Si puede pedir ayuda: Gael no podía, y la primera frase que nos dijo una maestra sobre él fue que no hablaba ni para pedir ir al baño. Y qué le pasa en el cuerpo. Si preguntas si habla, te dirán que no saben; si preguntas si se queda tieso en la fila o se retuerce las manos, te lo cuentan con detalle.

¿A quién del colegio se lo pido?

Yo iba siempre a la tutora, porque era la que estaba en las reuniones, y con las que se implicaron fue la mejor puerta. Pero una tutora tiene veinticinco niños, un temario y la obligación de evaluarlos, y su margen es pequeño. Por eso también ayudó tanto una ayudante de maestra que, cuando veía a Gael solo en un rincón del patio, se acercaba un par de minutos y le hablaba de Mario Kart. No le preguntaba nada, no le pedía que contestara, y se iba antes de que la conversación se acabara. Sabía lo del videojuego porque se lo habíamos contado nosotros.

Gael no le habló nunca a aquella mujer. Y aun así aquello funcionaba: se le notaba en el cuerpo, en los hombros que bajaban cuando ella aparecía. Tardamos meses en verlo. Por eso yo hoy, además de la tutora, buscaría a la persona del colegio con la que tu hijo esté un poco menos tenso y le contaría, con detalle, qué le apasiona.

¿Por qué pedirlo por escrito?

Todavía guardo aquellos correos. Los escribí para que alguien de dentro me contara algo, no por estrategia, pero hoy los puedo abrir y sé qué pedí cada día y qué me contestaron. De lo que se habló de palabra en la puerta no me queda nada. Lo que se acuerda de palabra suele durar hasta que cambia el tutor, y esto dura más de un curso. Un papel te ahorra volver a explicar cada septiembre quién es tu hijo.

Y otra cosa que yo aprendí tarde, y que me habría ahorrado más de una reunión: no pidas veinte cosas. Pide cuatro o cinco, muy concretas, y explica en dos líneas por qué.

¿Qué no debería hacer el colegio?

Aquí yo te pido que no cedas, y te lo pido por lo que me tocó ver a mí. Con Gael pasó una vez: alguien decidió, con toda su buena voluntad, que si lo ponía delante de la clase acabaría soltándose. No se soltó. Lo que yo recogí aquella tarde fue un niño más cerrado que por la mañana, y nos tocó volver a hacer un camino que ya habíamos hecho. Por eso en nuestra carta iba, sin negociación, que nadie lo expusiera sin hablarlo antes con nosotros y que, si había que reñirle, fuera aparte.

¿Y si el colegio dice que no?

A nosotros nos dijo que no a aplicar el tratamiento dentro, y te cuento cómo acabó porque quizá te quite un peso: lo que más ayudó a Gael lo hicimos por las tardes, en casa, sin pisar el colegio. Si estás en medio de una pelea con un centro y te está comiendo la energía, cuéntaselo al profesional que lleve a tu hijo y sigue con lo que sí podéis hacer en casa. Nosotros estuvimos semanas con la idea de cambiarlo de colegio encima de la mesa, y lo que nos frenó fue él: no quería dejar a sus dos amigos. Aquel colegio, con todo lo que le costaba, era el único sitio de fuera donde había conseguido algo.

Una carta para el tutor

Con todo esto preparé una carta para el tutor, con las peticiones concretas y una casilla para el profesional que vea a tu hijo. La tienes lista para adaptar en la página el colegio.

Si quieres saber más de lo que vivimos con el colegio, está contado entero en el capítulo «La escuela» del tercer libro, «Aplicación». Antes de nada, mira la página sobre cuándo pedir ayuda profesional y la de el mutismo selectivo explicado por un padre; esto no sustituye a una evaluación profesional.

De todo aquello, yo me quedo con aquella ayudante del patio. Nunca supo que estaba haciendo nada especial, y a mi hijo, que no le dijo una palabra en todo aquel tiempo, se le bajaban los hombros cuando la veía llegar.

NOTA
Esto no sustituye a una evaluación profesional. Si te preocupa tu hijo, habla con su pediatra o con un psicólogo infantil. Cuándo pedir ayuda

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