El método, parte 2: La nueva coraza
Estos vídeos son de 2021: es el método tal como lo empezamos en casa con Gael. Después, junto a otras familias, lo hemos ido perfeccionando a través de La Escuelita, y el método de hoy es mucho más completo y elaborado. La versión actual es la que está en los libros y en la biblioteca.
El método, parte 2: La nueva coraza
«La nueva coraza» trata de reemplazar los miedos de Gael por confianza y seguridad, exponiéndolo a nuevas experiencias y al aprendizaje de nuevas habilidades.
Comenzamos…
A esta segunda parte de lo que hicimos con Gael la llamé «La nueva coraza». La llamé así porque se trataba de reemplazar sus miedos por confianza y seguridad, y la forma de hacerlo fue exponerlo a nuevas experiencias y a aprender nuevas habilidades.
Ojalá algo de lo que hicimos le sirva a tu hijo para dar aunque sea un pequeño paso hacia delante.
Un niño camuflado
En la escuela, que era donde tenía el mutismo, Gael siempre tuvo una actitud corporal muy rígida. Quería pasar totalmente desapercibido. Se escondía en lo que yo llamo una coraza: no quería que nadie viera cómo era, prefería pasar lo más desapercibido posible a los ojos de los demás para no ser el foco de atención.
Así evitaba cualquier conflicto. Y, además, nadie interactuaba con él, así que no estaba expuesto a que le preguntaran algo y tener que pasar por la situación de contestar. Era como un niño camuflado.
Esa coraza de miedos e inseguridades evidentemente no era buena para él. Pero tampoco me parecía bien quitársela de golpe y exponerlo frente a todos, porque eso no le iba a hacer ningún bien. Lo que me pareció mejor fue darle una nueva coraza: una en la que se sintiera seguro, en la que pudiera escudarse en su seguridad y en sus nuevas habilidades. Fue un proceso que nos llevó tiempo, meses.
Los actos de la escuela
Donde peor lo veíamos era en los actos más multitudinarios, como los de fin de curso, en los que tenían que cantar y bailar y lo exponían frente a todo el mundo. Recuerdo uno en particular, en una pista de baloncesto, donde hicieron un baile. Lo pasó realmente muy mal.
En esas situaciones se ponía muy rígido y tenso, apretaba los puños y tenía la cara totalmente inexpresiva, pero se le notaba muchísima angustia. Por eso, en su momento, su maestra nos había pedido que le hiciéramos un test de espectro autista, que dio negativo.
El amuleto: un error que no repetiría
Parte de la culpa de aquel día la tuvimos nosotros, y tengo que decirlo. Entre tantas cosas que intentamos para ayudarlo, una fue decirle que teníamos un amuleto que lo iba a ayudar a sentirse seguro. Era un poco como en esa película del elefantito que no se anima a volar y al que le dan una pluma que, le dicen, es mágica: con ella puede volar. Se me ocurrió exactamente lo mismo. Le dimos una piedra roja, porque el rojo le gusta mucho, y le dijimos que era un amuleto. Pensé que quizás se lanzaría, que se aferraría a ese objeto y lo pasaría mejor.
Fue un error. Ese día, de todas formas, estaba muy rígido, muy tenso. Y la piedra se le cayó sin que se diera cuenta, y la encontró otro niño en el suelo. Cuando Gael vio que el otro niño tenía su amuleto, quiso recuperarlo, pero no podía: no le salían las palabras. Era desesperación, y el otro niño no se lo quería dar. Lo hice pasar un mal momento, todo con la intención de ayudarlo. Te lo cuento por si se te ocurre la misma idea: quizás no sea tan buena.
Al primer intento, abandonaba
Además de esa rigidez, cuando intentaba algo nuevo y no le salía a la primera, se frustraba tanto que abandonaba al primer o al segundo intento. Yo le hablaba, le explicaba que las cosas la mayor parte de las veces no salen a la primera ni a la segunda y que hay que seguir intentándolo, pero costaba mucho: se quedaba encabezonado con su idea.
Todo lo nuevo le causaba temor y ansiedad, y lo rechazaba de plano. Una vez fuimos a una feria y lo quise llevar a los coches de choque. Como era algo que no conocía, no me dejó ni siquiera sacar la entrada: no quería saber nada. Y así con muchas cosas: cualquier experiencia distinta era muy difícil de llevar a cabo.
Así que nos dijimos que había que fortalecer su confianza y su seguridad en sus habilidades y, sobre todo, ante las nuevas experiencias.
Un poco por gusto y otro poco a la fuerza
Empezamos a exponerlo a nuevas experiencias: un poco a través de cosas que le podían gustar y otro poco, sinceramente, a la fuerza. Si no hacía la actividad, se quedaba sin su sesión de vídeos, sin su película o sin jugar con determinados muñecos. Al principio fue un poco militar, una imposición, pero había que hacerlo.
Le enseñamos a ir en bicicleta sin ruedines, algo que le atemorizaba mucho. Nunca se había caído, pero le daba mucho miedo. Su mamá y yo íbamos cada uno a un lado, hasta que lo consiguió.
Su mamá le enseñó a nadar. También le tenía rechazo, y fue a fuerza de llevarlo. Su mamá es socorrista, y al final Gael le encontró el punto.
Forzar la actividad, no el juego
Lo que forzábamos era hacer la actividad. Pero una vez dentro, siempre era de forma lúdica, a modo de juego. Para aprender a nadar, por ejemplo, no se le enseñaba lo típico, cómo es la respiración o cómo se mueve un brazo y el otro: se hacía con juegos, como pasar por un aro o ir a buscar objetos al fondo.
La hipersensibilidad sensorial
Gael tenía también mucha hipersensibilidad sensorial. Le molestaban las etiquetas de la ropa, y había que recortarlas todas; a día de hoy algo le ha quedado con las etiquetas, pero son cosas mínimas. Le pasaba también con la textura de la comida, con un puré o con las cosas que no son sólidas. No le gustaba sentir las manos y los dedos sucios, ni poner los pies en la arena y que se le metiera entre los dedos.
Al principio pensábamos que eran manías, caprichos. Después nos explicaron, entre otros su terapeuta, que era una hipersensibilidad sensorial, algo que se da en niños con mutismo. Ahí bajamos nuestro nivel de exigencia, porque lo habíamos tomado como caprichos, y tratamos de adaptarnos.
Todo eso lo fuimos flexibilizando exponiéndolo no a una sola cosa, sino a muchas a la vez: hoy bicicleta, mañana natación, pasado la playa descalzo. Aprendió a cocinar recetas sencillas en las que se ensuciaba las manos, con masa o con chocolate. Y siempre con actividades lúdicas que lo ayudaran a quitarse el foco de sí mismo. Estaba demasiado ensimismado en cómo sentía el pie en la arena y cómo le rozaba entre los dedos, pero cuando lográbamos mantenerlo en un juego entretenido, se olvidaba de eso: se estaba divirtiendo, lo estaba pasando bien.
Muchas habilidades nuevas
Lo hicimos de forma repetida durante varios meses, con actividades distintas para adquirir habilidades distintas: cocinar, hacer magia, ir en bicicleta, nadar, escribir en letra cursiva, leer. Un montón de actividades.
Y eso le empezó a dar confianza en sí mismo. La confianza de decir: al final pude aprender a ir en bicicleta, no era una montaña tan alta; al final pude aprender a nadar.
El ejercicio del Sapo Zen, antes de cada actividad
Todo esto lo hacíamos siempre con la ayuda del Sapo Zen. Dos o tres personas me pidieron que contara en detalle cómo era ese ejercicio, así que en el vídeo lo recreé, aunque me da un poco de corte, porque no soy youtuber.
Se hacía siempre antes de cualquier actividad que le diera ansiedad: grabar un vídeo, subirse a una bicicleta… Yo le decía: «Ahora, en un ratito, vamos a ir a andar en bicicleta. Pero antes… ¿sabés quién vino?».
Gael tiene un puf rojo muy grande y muy cómodo, que le compramos después de un taller que hizo en Madrid, donde se enamoró de un puf así. Se desparramaba en su puf y yo le decía que cerrara los ojos, que había venido el Sapo Zen, y se lo describía: un sapo muy anciano, de piel marrón con lunares negros.
Después le transmitía lo que el Sapo Zen le decía. Que si el Sapo Zen le decía eso era porque realmente creía que él lo podía hacer. Que le había dado unas instrucciones muy precisas: «Inspirá por la nariz y soltá por la boca». Y le recordaba un logro: que ya había podido flotar solo en la piscina, y que eso era un gran paso, un gran logro. Entonces: «Te pido que repitas conmigo: yo puedo ir en bicicleta sin ruedines». Y lo repetía conmigo, más de una vez. Luego el Sapo Zen se despedía.
Inmediatamente después del ejercicio, íbamos a hacer la actividad. El ejercicio servía para que respirara, se tranquilizara y se autoconvenciera de que podía, porque el Sapo Zen, que es un especialista en ayudar a niños con mutismo, le decía que podía y que creía en él.
Es importante también remarcar algún logro del día anterior, para que sepa que, si pudo conseguir aquello, va a poder conseguir el próximo paso.
Practicar y perseverar
Lo más importante es practicar, practicar, practicar y perseverar. Hay días más fáciles y días más difíciles; si estás leyendo esto, ya lo sabes. Hay que seguir.
Preparando el tercer paso…
En la tercera parte cuento el siguiente paso: «En busca de la felicidad».
Esto es lo que vivimos en casa con Gael, no una pauta clínica. No sustituye, contradice ni retrasa el acompañamiento de un profesional: si tu hijo ya está con uno, coméntaselo antes de probar nada de esto.