El método, parte 1: El primer escalón
Estos vídeos son de 2021: es el método tal como lo empezamos en casa con Gael. Después, junto a otras familias, lo hemos ido perfeccionando a través de La Escuelita, y el método de hoy es mucho más completo y elaborado. La versión actual es la que está en los libros y en la biblioteca.
El método, parte 1: El primer escalón
«El primer escalón» es la primera parte de lo que hicimos con Gael: una primera conexión con las personas con las que se bloqueaba, a través de mensajes preparados en casa y enviados en diferido.
Comenzamos…
Lo que llamé el método del Sapo Zen es una mezcla de muchas cosas. Probamos muchísimas para ayudar a Gael con el mutismo que tenía, y esto es, finalmente, lo que a nosotros nos funcionó. Lo cuento por si a tu hijo le puede servir algo, una parte o el conjunto. Si no viste la introducción, te recomiendo empezar por ella.
Como digo siempre, no soy maestro ni experto en mutismo selectivo. Soy un padre contando lo que hicimos en casa.
El primer escalón: conectar en diferido
El primer escalón trata de hacer una primera conexión con las personas con las que el niño se bloquea. Y esa primera conexión se hace con mensajes, a través de una comunicación diferida. Al principio fueron mensajes de texto; después, de voz; luego, de vídeo; más tarde, llamadas, videollamadas y, al final, en persona. En este vídeo cuento la parte de los vídeos.
La comunicación diferida tiene algo muy bueno: el niño la puede hacer desde casa. Gael grababa en casa, donde se sentía muy cómodo, donde le daba mucha seguridad estar cerca de su mamá y su papá, y no en un entorno de fuera que le generara ansiedad. No usábamos la típica videollamada, la de llamar a alguien y poner al niño delante: con Gael eso no funcionaba, se bloqueaba completamente, igual que cuando iba a la escuela. Lo que hacíamos era que Gael preparara su mensaje en casa y se lo enviábamos a la persona en cuestión.
Lo primero que intentamos fue acercarlo a sus compañeros y a sus maestros, porque el mutismo lo tenía en la escuela. Necesitábamos que empezara a desinhibirse y a poder comunicarse con otros niños y con sus maestros. Empezamos con algunos niños que eran sus compañeros, sus amigos: Gael les mandaba un mensajito y el otro niño, después, le enviaba un mensaje a él comentándole alguna cosa.
No fue fácil
Aunque fuera un mensaje, el solo hecho de pensar que le estaba hablando a la persona con la que se bloqueaba lo bloqueaba también en casa, por más cómodo que estuviera aquí.
Al principio no los quería hacer y había que forzar un poco. Y una vez que lo convencíamos, había que grabarlos muchas veces para que su voz fuera audible: gesticulaba con la boca, pero muchas veces no le salían las palabras. Celebrábamos cuando conseguía sacar una voz, aunque fuera floja, que se escuchara con el volumen del teléfono o del ordenador al máximo.
Para grabarse, no quería hacerlo delante de nosotros. Se iba solo a su habitación, grababa y después venía a traernos el vídeo. Le daba vergüenza hacerlo delante nuestro, así que buscaba su propio espacio, donde se sentía más cómodo, y grababa allí.
Un guion muy simple
Otra cosa: en ese momento no era capaz de generar una conversación espontánea. Hasta entonces nunca había tenido amigos como tal. Nosotros vivimos en Barcelona y toda su familia grande, sus primos, sus abuelos, sus tíos, está en Argentina, así que aquí tenía muy poco entorno, no tenía amigos y tampoco tenía esa facilidad para relacionarse. No sabía cómo expresarse ni qué decirles a los otros niños o a los maestros.
Lo que hacíamos era preparar una especie de guion, muy simple y adaptado a un niño. Por ejemplo: cuéntale a tu amigo qué te tocó hoy en los súpers, unas figuritas coleccionables, y pregúntale si él lo tiene. Algo muy sencillo, para empezar una conversación y que hubiera una respuesta del otro lado.
Fue difícil. No fue de un día para otro: fue todos los días, intentando perseverar, y le costaba muchísimo.
El confinamiento, aunque parezca paradójico
Algo que nos ayudó en ese momento, aunque parezca paradójico, fue el confinamiento. Gael estaba en casa, tenía que hacer una serie de tareas y tenía reuniones por Zoom con su maestro y tres niños más. En esas reuniones se presentaba, pero le daban muchísima ansiedad. No hablaba: se comunicaba con gestos y escribiendo carteles. Y esa no era la interacción que queríamos para él.
Así que le dijimos una mentira piadosa: que las tareas había que hacerlas en vídeo. Los maestros estaban al tanto de lo que le pasaba, y a las maestras con las que teníamos más cercanía les enviábamos la tarea en vídeo, con Gael grabándose. Le seguía costando mucho, pero a fuerza de ir haciéndolo, poco a poco, se iba soltando.
Aquí entra el Sapo Zen
¿Cómo conseguimos que enviara un mensaje con su voz, si con solo pensar en mandárselo a esas personas se bloqueaba? Poco a poco, y con la ayuda de un personaje que me inventé: el Sapo Zen. Lo que hacía era fomentar sus logros y animarlo siempre a dar un pasito más. Venía como una especie de coach, y yo lo interpretaba como un cuento: un personaje que venía a ayudarlo.
Le conté que conocía a un sapo muy sabio que podía ayudarlo con el mutismo. Como dije en el vídeo anterior, es muy importante que el niño sea consciente de lo que le pasa y que quiera solucionarlo. Gran parte de lo que avanzó Gael fue por eso: sabía lo que le pasaba y quería superarlo. Así que le gustó la idea de que este sapo viniera a ayudarlo.
El ejercicio del Sapo Zen
Lo hacíamos cada vez que tenía que enviar uno de estos mensajes en diferido para comunicarse con sus maestros o sus amigos.
Primero se ponía en un lugar donde se sintiera cómodo. Normalmente elegía un puf que le encanta, y se desparramaba en él. Le decía que cerrara los ojos, que iba a venir el Sapo Zen, y que se lo imaginara: un sapo muy anciano, de color marrón, con la piel muy brillante y grandes manchas negras por todo el cuerpo, una barba blanca con la punta ensortijada y, a veces, una pipa.
Entonces el Sapo Zen le recordaba un logro reciente y muy concreto: «¿Te acordás del sábado pasado, cuando pudiste comunicarte con ese amiguito tuyo con gestos?». Como eso había pasado de verdad, y hacía poco, Gael decía que sí. Ahí estás valorando lo que hizo y diciéndole que consiguió algo que antes no podía. Y el Sapo Zen seguía: «Entonces estoy seguro de que vas a poder grabar este videíto, aunque sea muy corto, para tu amigo o tu maestro, y decirle eso que le querés decir. Repetí conmigo: yo puedo, yo puedo grabar este vídeo y mandárselo a mi amigo». Y lo repetía unas tres veces.
Después le decía: «Ahora respirá muy hondo: inspirá por la nariz y soltá por la boca». Lo hacíamos tres o cuatro veces. Luego le decía que abriera los ojos muy despacio, y ahí terminaba el ejercicio. Entonces iba a hacer lo que el Sapo Zen le había dicho que podía hacer: hacer el mensaje y decirle esa cosa a su amigo.
Cómo fue avanzando
Con los vídeos, poco a poco, fue dando resultado. Empezó en un punto en el que no quería hacerlos. Después pasó por una fase en la que se escondía para grabarlos, con una voz que casi no se oía, o que directamente no se oía, y había que volver a grabarlos. Luego, por otra en la que se iba a grabar solo, pero ya con una voz floja que se escuchaba. Y al final ya grababa directamente en el puf, en el salón: después del ejercicio con el Sapo Zen, agarraba el móvil, grababa en voz alta y le mandaba un mensaje a uno y a otro.
Lo máximo que llegó a hacer en este escalón fue grabarle una coreografía a la maestra de música. En música siempre se ponía muy rígido cuando tenía que bailar delante del grupo, y en ese vídeo salía muy suelto, contento, hablando en voz alta.
En resumen
Enviar mensajes en diferido, de texto, de voz o de vídeo, a la persona con la que se bloquea, para que mantenga un diálogo sin estar expuesto directamente. Que los haga en el rincón de casa donde se sienta más cómodo, donde se sienta realmente contenido. Y antes de cada mensaje, un momento de relajación: recordarle los logros que ya tuvo, que aquello lo pudo hacer y que esto también lo puede hacer, y una respiración para que se calme un poco.
Puede ser a través de un cuento: el Sapo Zen o el animal que se te ocurra, un amigo, un abuelo, lo que sea, pero que el niño lo sienta cercano y agradable y, sobre todo, que le dé tranquilidad, para que no aparezca la ansiedad y pueda hacer esa comunicación en diferido.
No es algo que se hace un día y ya está: hay que practicarlo, practicarlo y practicarlo hasta que salga.
Preparando el segundo paso…
En la segunda parte cuento el siguiente paso: «La nueva coraza».
Esto es lo que vivimos en casa con Gael, no una pauta clínica. No sustituye, contradice ni retrasa el acompañamiento de un profesional: si tu hijo ya está con uno, coméntaselo antes de probar nada de esto.